domingo, 23 de noviembre de 2008

Nueva Crónica Lame Vulva







El poder de la vulva



Buenos Aires, nov. 20 (ANSud.com) - “Si tuvieras un hijo lo criarías a pura leche, amor y María Elena Walsh”, recita uno de los personajes de Lame vulva (un ejercicio de poder), obra escrita y dirigida por Martín Mercou, con las actuaciones de Checha Amorosi, Lilian Fittipaldi y Javier Rosón. Pero no hay que dejar que la aparente melosidad de esos versos engañen: a medida que la obra transcurre brota cualquier cosa menos amor o, en todo caso, hay una versión completamente distorsionada y fuera de foco del amor.

Una pareja discute y uno de ellos ejerce, sin piedad alguna, violencia verbal y física sobre el otro. Los prejuicios, los estereotipos, la mentalidad bienpensante llevarían automáticamente a creer que es el hombre el que lleva a cabo tales acciones. Error. En el caso de Lame vulva es la mujer la que no sólo defenestra, rebaja, desprecia, humilla, veja, golpea, aporrea y lastima al hombre sino quien también lo maneja, como un títere, a su antojo. Pero como nada es casual en la vida, que ella sostenga esa conducta y que él, pasivo, sumiso, casi “como una mujer”, continúe soportándola (¿o quizás alentándola?), tiene un claro y contundente antecedente que no tardará en hacer su triunfal aparición en escena: su propia madre.

Vestida con colores chillones, digna representante de lo que alguna vez Ricardo Zelarrayán llamó “tucán de cementerio”, con aires de diva tilinga y barrial, autoproclamada poeta y con un ejercicio de la violencia y la agresión más sutiles que los exhibidos por su nuera, pero igualmente efectivos, la suegra rápidamente se adueña de la situación en ese domingo que la pareja pretendía fuera “de ensueño”. A partir de ese momento, la lucha sorda y despiadada entre las dos mujeres, que por momentos incluso parecen ignorar al (des)preciado objeto —al ser humano— que se disputan con ferocidad digna de mejor causa, no conocerá fronteras ni límites.
Porque no hay límites para quien nunca los ha conocido: la madre, más invasora e invasiva que una idische mame, comparte con su hijo hasta los pliegues más íntimos de la vida de ambos; el hijo, imposibilitado de toda reacción, navega feliz entre las borrascosas aguas del amor conyugal y las falsamente cálidas del amor maternal; por último, la mujer, cuya ambigüedad queda subrayada en su forma de vestirse (calzas de acetato hiperajustadas color rosa y camiseta de Boca Jrs.), cuya nulidad como procreadora es crudamente machacada por la suegra, cuya impotencia ante su incapacidad de “oler como una mujer” se refleja en su conducta violenta y tiránica y cuya falta de femineidad se exhibe en su chatura física, no conoce otro modo de acercarse a los otros que no sea el de la agresión. Insulta a su marido con los improperios más acertados y descabellados a la vez, y en esto la obra resulta una grata sorpresa: mientras uno esperaría los insultos más típicos y procaces del idioma, el autor ha tenido el buen tino de encontrar —y fabricar si es necesario— aquellos que resulten igual o más hirientes (como el del título) a la par que risibles que los usuales, cada vez que el pobre Horacio es injuriado por su mujer.

En una ambientación con pocos pero escogidos toques kitsch, como la tela símil peluche color fucsia rabioso que cubre el sofá donde transcurre buena parte de la obra, en un espacio reducido pero bien distribuido y con una excelente musicalización, Lame vulva es una comedia no sólo cruda como se proclama en los carteles sino también profundamente humana que deja al descubierto, en primer plano y con ese fondo fucsia shocking, emociones y situaciones que muchos preferirían no ver y que sin embargo, modelan el curso de sus vidas.

Analía Pinto
Agencia de Noticias Ansud

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