jueves, 25 de junio de 2009

Crítica Lame Vulva por Nico Pose para Revista Siamesa

por Nico Pose

Lame vulva, lleva como subtítulo ¨ ejercicio de poder ¨, y eso es lo que pone en práctica en escena. Desde el principio, nos encontramos con Horacio y Luz, una pareja joven que está conviviendo desde hace un año en un humilde departamento. Se pelean todo el tiempo, ella tiene una consciencia de la psicología que Horacio, dentro de sus estrechos límites de simpleza, nunca llega a comprender. Qué es lo que quiere cada uno? Vivir tranquilos, quieren vivir tranquilos, y tratan de intentarlo.

Pero esa aparente tranquilidad que buscan se resquebraja aún más cuando aparece en escena la madre de Horacio: Beatriz. Allí comienzan los enfrentamientos entre la madre de Horacio y Luz. Dos mujeres que no quieren ceder nada. Las peleas van a ser cada vez más fuertes, a medida que el espiral de violencia crezca, y la obra comience a jugar con la crueldad y la crudeza de lo que no se cuenta, exhibiendo, al final, uno de los más viejos tabúes.

Así Horacio asiste inmóvil como un perro a las escenas más violentas. Y Horacio se marea, no sabe a quién defender. Ellas se atacan gratuitamente: desde los ataques de Luz a la madre de su novio porque ella es totalmente posesiva con Horacio, hasta las críticas de su suegra al echarle en cara que Horacio parece un animal junto a ella, y no un hombre. Horacio es un personaje que brilla por su ausencia, pero la gestualidad de inercia en sus ojos, en sus poses de petrificado, en su pasividad desconcertante, más cerca de ser una marioneta que de entrar en la pugna entre ambas mujeres, se comprende al ver lo que es su madre. Reproduce junto a su pareja todo lo que le ha inculcado su madre, y de este modo, es el dominado que le gusta el lugar que ocupa, y que por comodidad y pereza prefiere ese lugar para que se peleen por él, y lo quieran de ese modo. El varón víctima perfecto como para que dos mujeres disputen ya no tanto por él, sino para poner a prueba su capacidad de dominación. Y así, descubrir quién puede dominar a quién en un juego perverso. Pero esa disputa por la manipulación excede todos los límites, sobretodo cuando comprobamos que la madre de Horacio no lo quiere exactamente como a un hijo. Allí hay algo más. Y Beatriz, la suegra de Luz, no es cualquier mujer.

Es la suegra que busca siempre el punto débil de au nuera, la que trata de herir y someter a través de la humillación. Luz en cambio, será la que siempre termine poniéndose nerviosa, comience las discusiones, y dé la imagen de mujer violenta que la madre pretende para que Horacio vea cómo su novia se violenta con ella. Pero Horacio sólo se limita a hacer lo que las mujeres le piden. Así Horacio está como un decorado mientras la obra transcurre a través de los enfrentamientos de las dos mujeres.

La obra tiene un gran acierto, y es que delinea a la perfección el rol que juega cada personaje en la historia. Porque si Horacio es un decorado, o asume el papel de la pasividad, porque le es más cómodo-además de que obedezca al molde que le ha impuesto su madre- que ellas dos peleen por él y al mismo tiempo nunca atisbe a intervenir, ni a jugarse por ninguna de las dos; su madre, es la mujer que se esconde en una coraza de seguridad frente a su nuera, que exhibe todos sus problemas sin pudor, dejándole a la otra todos los flancos libres para que pueda disparar a gusto sobre su cuerpo, acrecentando cada vez más las heridas.

Sin embargo, la obra no tiene sólo el tono de una comedia dramática, porque los diálogos además de tener una gran naturalidad, juegan mucho con el lunfardo, y con palabras soeces, que le dan un tono grotesco, bajo, como si el lenguaje bajara a la misma situación pueril que presenta la obra: dominar por dominar. No es sólo una comedia dramática, porque de a poco, a medida que las mujeres dejan de simular el odio que se tienen, se adivina una tensión extraña entre Horacio y su madre, además de lo que el espectador va sabiendo a medida que Luz le echa en cara a Horacio costumbres demasiado singulares que él tiene con su madre, como ir a hablar secretamente con ella algunas noches, sin que ella lo sepa.

La tensión extraña que existe con su madre, introduce el elemento edípico, y representándolo crudamente en el momento en que Horacio y su madre se acercan lentamente para consumar un beso de amantes. Luz, se apaga totalmente cuando se entera de que su suegra espera un hijo de su hijo. Es ahí que se rompe el tono grotesco, y surge lo bizarro. Es una cuestión de gusto lo que sucede al final de la obra, pero lo bizarro se introduce con naturalidad, porque sucede lo que estaba en la imaginación de los espectadores sin que éstos se animaran a confirmarlo. Ése sería un poco el mecanismo de dominación total al que llega la madre de Horacio, descartando de la pelea a Luz, que se desvanece en soledad, recostada sobre un sillón, y con un revólver acompañándola.

Pese a que la escenografía es sencilla, es perfecta para que sobresalgan las actuaciones, y se acentúen los diálogos, que mueven y le dan originalidad a gran parte de la obra, a través del gran repertorio de palabras hirientes que se disparan ambas mujeres.

Lame vulva además de ofrecernos grandes actuaciones, explora a través del drama y el humor corrosivo la dificultad y la crueldad que presentan los vínculos familiares, poniendo en escena de forma cruda lo que siempre se sugiere y nunca se muestra, escenificando uno de los grandes tabúes sin pudor y con naturalidad. De esta manera, el título de la obra, puede caracterizar tanto al varón víctima como ser una frase imperativa pronunciada por cualquiera de las dos mujeres.

http://www.revistasiamesa.com.ar/2009/06/lame-vulva-una-obra-de-martin-marcou.html

sábado, 20 de junio de 2009

Nota revista Imperio, junio 2009

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Nota para la revista Imperio, junio 2009

miércoles, 3 de junio de 2009

CRITICA DANIEL GAGUINE PARA NOTICIAS URBANAS


Leé la crítica que realizó Daniel Gaguine para Noticias Urbanas.





















Lame Vulva
(ejercicio de poder)

Viernes 22:30hs
La Ratonera Cultural
Corrientes 5552 - Entre Gurruchaga y Serrano -
Entrada General $20 - Descuento $15
Reservas: 4857-2193

martes, 2 de junio de 2009

Crítica Lame Vulva por Lucho Bordegaray para Montaje Decadante


El título impacta. ¡Es que somos todos tan biempensantes! Sabemos que hay palabras que no se dicen, así como hay cosas de las que no se habla. La violencia doméstica es una de ellas. Nadie podría negar su existencia, pero a duras penas sale de entre las paredes en donde se la ejerce; y si sale de ahí, muy difícilmente logra escapar del perverso encuadre de “son cosas de la familia” que disuelve la responsabilidad de quien sea testigo, de quien se entera, de quien sospecha. Y a medida que crece la violencia, también crece su negación, su disculpa o su ocultamiento: “Ya se le va a pasar”, “Pensá en los chicos”, “Él también sufre por ser así”, “En toda familia hay peleas” y tantos otros argumentos aberrantes que encima de la violencia deben soportar algunas personas.

Al título impactante se le suma, entonces, una temática que la mayor parte del público desearía evitar o, como mucho, mirar como lejana rareza. Pero Martín Marcou, astuto autor, estimula un extrañamiento al romper con el estereotipo y seduce al espectador a no mantenerse distante ofreciéndole algo inesperado, pues quienes ejercen la violencia en esa familia son las mujeres, y el varón-víctima está reproduciendo ante su mujer el mismo rol que le impuso su madre, con lo que demuestra no sólo su incapacidad para huir del maltrato, sino también y muy especialmente una gran capacidad para sostenerse en sus diversas relaciones como el sometido y humillado.

Quizás en uno y otro vínculo (el de madre e hijo y el de pareja) la primera palabra ignominiosa pudo tomarse años en llegar, pero la segunda tardó mucho menos y la tercera fue pronta, hasta llegar a que toda conversación sea nada más que una catarata de descalificaciones para el otro. En esto, Marcou pone en boca de estas mujeres violentas un léxico riquísimo y vasto que podría sonar inadecuado para ellas pero que, a la vez, no resulta inverosímil porque de esa manera parecen estar demostrando como una vocación por el agravio y la presión psicológica, una profesionalización del encarnizamiento. No les alcanza con tener un puñado de puteadas para el varón: quieren lucirse en el maltrato, son especialistas.

Si la violencia crece en espiral –según lo recién señalado–, Marcou entrega a una progresión no menos vertiginosa la virulencia y la continuidad de las réplicas, dando lugar a un duelo permanente, agobiante. Sin embargo, no hay que confundir el motivo de la contienda, pues las dos mujeres no pelean por el varón sino en el varón: él es su campo de batalla y nada más que eso, el lugar mismo que sufrirá la enloquecida y furibunda capacidad de destrucción de su madre y de su pareja.

Con Lame vulva, Martín Marcou vuelve a plantar bandera: fiel a sus convicciones, desafiante, crudo como el nombre de su grupo de teatro, pero sabiendo cuidar la diferencia entre cuestionamiento y mero alboroto, entre la ausencia de cualquier condicionamiento y la provocación marketinera. Cuenta para ello con un elenco a la medida de sus búsquedas que, sin dudas, comparte con él sus fortalezas y sus hallazgos.

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