martes, 2 de junio de 2009

Crítica Lame Vulva por Lucho Bordegaray para Montaje Decadante


El título impacta. ¡Es que somos todos tan biempensantes! Sabemos que hay palabras que no se dicen, así como hay cosas de las que no se habla. La violencia doméstica es una de ellas. Nadie podría negar su existencia, pero a duras penas sale de entre las paredes en donde se la ejerce; y si sale de ahí, muy difícilmente logra escapar del perverso encuadre de “son cosas de la familia” que disuelve la responsabilidad de quien sea testigo, de quien se entera, de quien sospecha. Y a medida que crece la violencia, también crece su negación, su disculpa o su ocultamiento: “Ya se le va a pasar”, “Pensá en los chicos”, “Él también sufre por ser así”, “En toda familia hay peleas” y tantos otros argumentos aberrantes que encima de la violencia deben soportar algunas personas.

Al título impactante se le suma, entonces, una temática que la mayor parte del público desearía evitar o, como mucho, mirar como lejana rareza. Pero Martín Marcou, astuto autor, estimula un extrañamiento al romper con el estereotipo y seduce al espectador a no mantenerse distante ofreciéndole algo inesperado, pues quienes ejercen la violencia en esa familia son las mujeres, y el varón-víctima está reproduciendo ante su mujer el mismo rol que le impuso su madre, con lo que demuestra no sólo su incapacidad para huir del maltrato, sino también y muy especialmente una gran capacidad para sostenerse en sus diversas relaciones como el sometido y humillado.

Quizás en uno y otro vínculo (el de madre e hijo y el de pareja) la primera palabra ignominiosa pudo tomarse años en llegar, pero la segunda tardó mucho menos y la tercera fue pronta, hasta llegar a que toda conversación sea nada más que una catarata de descalificaciones para el otro. En esto, Marcou pone en boca de estas mujeres violentas un léxico riquísimo y vasto que podría sonar inadecuado para ellas pero que, a la vez, no resulta inverosímil porque de esa manera parecen estar demostrando como una vocación por el agravio y la presión psicológica, una profesionalización del encarnizamiento. No les alcanza con tener un puñado de puteadas para el varón: quieren lucirse en el maltrato, son especialistas.

Si la violencia crece en espiral –según lo recién señalado–, Marcou entrega a una progresión no menos vertiginosa la virulencia y la continuidad de las réplicas, dando lugar a un duelo permanente, agobiante. Sin embargo, no hay que confundir el motivo de la contienda, pues las dos mujeres no pelean por el varón sino en el varón: él es su campo de batalla y nada más que eso, el lugar mismo que sufrirá la enloquecida y furibunda capacidad de destrucción de su madre y de su pareja.

Con Lame vulva, Martín Marcou vuelve a plantar bandera: fiel a sus convicciones, desafiante, crudo como el nombre de su grupo de teatro, pero sabiendo cuidar la diferencia entre cuestionamiento y mero alboroto, entre la ausencia de cualquier condicionamiento y la provocación marketinera. Cuenta para ello con un elenco a la medida de sus búsquedas que, sin dudas, comparte con él sus fortalezas y sus hallazgos.

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