sábado, 10 de octubre de 2009

Mariano Casas Di Nardo dice de Lame Vulva

Lame vulva –ejercicio de poder

Existen diversas formas de contar una historia. De manera humorística, drámatica, irónica, melancólica, metafórica, alegórica, etcétera, etcétera. Y también a la manera de Martín Marcou. Que sería con todos los estilos utilizados por el ser humano a la hora de labrar un discurso coherente e impactante, amalgamados por un hilo conductor: el apocalipsis. Con bandas originales de sonido que van desde Dyango, pasando por Café Tacuba hasta llegar a Gary. Lo bizarro y lo conservador; el diálogo moralista sobre un background definitivamente kitsch; el ser inmaculado barnizado de erotismo. Y así, bajo disímiles coordenadas, las concepciones más antagónicas se van trastocando. Un Martín Marcou explícito, sin dobleces, oscureciendo aún más el panorama del teatro off.

Lame vulva ofende desde su título y conmueve –para bien y para mal– desde su dramaturgia. La risa y la angustia dando vertiginosos pasos de vals. Con tres actores que se pelean en todo momento para demostrar quien es el más patético y desagradable. Aunque pierden todos, ya que enseñan con gestos desconcertantes, que la inocencia y el desamparo navengan por sus venas.

Luz –Checha Amorosi– propone la violencia como caricia y Horacio –Javier Rosón–, la sumisión como acuse de recibo. Y la tercera en discordia –Puchi Labaronnie–, la suegra de ella o la madre de él, entra en juego con los métodos más eficaces: la sobreprotección y la desautorización conyugal. Todo en un panorama desolador y lúgubre, que huele a tristeza e infelicidad.

En Lame vulva la catástrofe está siempre por comenzar. El desastre está latente. Un nervio puro en pleno nido de desamor.

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